Escritura sensorial

🔸Ejemplos de redacción de marketing sensorial. 

Contenido que utiliza historias y sensaciones para despertar emociones. 

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Hotelería, viajes: escritura sensorial para marketing.

A través de palabras sensoriales, este artículo transporta al lector a un ambiente sofisticado.

Estilo de redacción sensorial:

Narrador: segunda persona.

Personaje: empresa hotelera.

Punto de vista: promesa de satisfacción a través de una estancia inolvidable.

Voz: encantadora e informativa.

Con su estilo hip y sofisticado, el Hudson New York cautivará tus sentidos

El Hudson New York envuelve al visitante en una sofisticación hip, muy neoyorquina. Desde su ingreso, la escalera neón abraza y acompaña al huésped a un lobby que por todos lados destila vida. Camina al centro de la cosmopolita recepción y déjate abrazar por la hiedra, el cielo perfecto para las paredes de ladrillo expuesto. El diseñador Philippe Starck impregnó esta gema de Midtown Manhattan con un equilibrio exquisito de art nouveau y arquitectura industrial.

Si quieres vivir Nueva York, el Hudson New York te ofrece exactamente eso. Desde una de las mejores ubicaciones de Manhattan, Central Park queda a unas cuantas cuadras, y Carnegie Hall y Lincoln Center a unos minutos. Situado en el centro de Midtown West, este espléndido hotel boutique pone a tu alcance las grandes atracciones de Nueva York.

Mima a tu espíritu neoyorquino en el Library Bar del Hudson New York; disfruta su exigente colección de libros y juega billar. Deja que una hamburguesa de Umami Burger se derrita en tu paladar aquí mismo, en el hotel. Y no te vayas sin despedirte de la Gran Manzana desde la terraza Sky Terrace; ahí, el Hudson New York te regalará la vista de Nueva York que se quedará contigo hasta que vuelvas.

En tu siguiente visita a Nueva York, contempla la posibilidad de disfrutar tu estancia con nosotros. Haz tu reservación hoy mismo y déjate mimar como te mereces. 

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Supermercado hispano en Estados Unidos: marketing sensorial para crear experiencias.

Por medio de técnicas de la poesía, la prosa y la narrativa, podemos escribir un texto memorable. El contenido que sigue, utiliza el marketing sensorial para crear experiencias sensoriales a través de la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato.

Al revivir memorias del mercado que el personaje principal vivió en México, se le da sentido a la fuerza del mercado hispano en los Estados Unidos.

Estilo de redacción sensorial:

Narradora: primera persona.

Personaje: tía mexicana que compra con regularidad en un supermercado hispano.

Punto de vista: nuestra narradora expresa su nostalgia y sus memorias.

Voz: evocadora, íntima, confesional.

Narrativa: palabras sensoriales y diálogo.

El mercado, un viaje a lo mío

Mi sobrina, que a los once preguntaba si el pavo que serví en Thanksgiving era orgánico, ahora va al mercado hispano a comprar las jícamas más jugosas que he probado en este lado. Y yo hago lo mismo, cuando los aromas frescos de la cocina, esos que traigo conmigo desde niña, me llaman. Creo que la afición de mi sobrina por el mercado nació cuando mi hermana la llevó a Guadalajara, ahí se enamoró de las escamochas. Mi amor por el mercado tiene otro origen, la nostalgia.

Mi mercado, el culpable de mi apego, es el mercado de Abastos de Guadalajara. Cada sábado, a eso de las nueve de la mañana aparecía con mis dos bolsas grandes. Los niños del mercado, esperando en la banqueta para arrebatar las bolsas de las señoras y subirlas en sus carritos, ya estaban listos para la faena de acarrear y cargar. Mi niño, digo “mi niño” porque así decimos por allá, se llamaba Juanito. 

Conductor experto, Juanito sabía a dónde ir, esquivando a otros niños y señoras en tenis. «Mire, doña, ¡qué sandiotas!», escuchaba su grito. —¡Por probar no se cobra! —agregaba el vendedor. Y así, de pronto, el perfecto triángulo rojo, blanco y verde caía en mis manos. Y la mordida de ese cielo rojo, era la señal para que el marchante cerrara el trato —Están en su punto, ¿cuál se lleva?

Una vez, queriendo impresionar al novio, busqué albahaca para preparar spaghetti al pesto. Le dije a Juanito que necesitaba albahaca. Y, como flechas, ahí fuimos, a las hierbas. La puestera me vio con unos ojos y luego me dijo —super efectiva, doña, para la brujería. Y me plantó en las manos un ramote de albahaca para mi hechizo. No les quiero decir los ojos que peló Juanito.

Cada vez que compro basil acá, me acuerdo de mi albahaca de allá. Me río para adentro. Sí, luego me da nostalgia, una nostalgia agridulce que diluyo con un suspiro. Y, para contrarrestar esa sensación de añoranza, contemplo por unos segundos la hilera de frutas y verduras; dejo que la fuerza de sus colores y aromas me abracen un poquito. Y, de ahí, marcho hacia la carnicería. El mercado sigue y yo lo sigo, hasta el final. Cuando salgo, como ritual, volteo y miro su fachada. Acá el letrero dice market. 

Después de descargar el mandado en la cajuela saco mi mazapán y me subo al auto. Me siento y, con mucho cuidado, despego el plástico sin desmoronar ni un pedacito. Es mi placer secreto, comerme un mazapán ahí en medio del estacionamiento. Así cierro ese viaje a “lo mío”, a mi mercado, a mi market. Solo hasta entonces, me puedo ir.

En [placeable] tu historia es nuestra historia. Disfruta las recetas que preparamos para ti este noviembre. De nuestra mesa para tu mesa. 

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Servicio celular: cuento.

La imaginación y la tecnología se unen en esta historia. A media noche, un niño de ocho años intenta tomar la fotografía de un monstruo.

Esta historia, que aborda puntos de vista biculturales, transcurre en el hogar de una familia mexicana en los Estados Unidos.

Estilo de redacción sensorial:

Narrador: omnisciente.

Personaje: Luisito, niño mexicoamericano de ocho años de edad.

Punto de vista: el narrador omnisciente da vida a la heroica aventura de Luisito. También muestra la reacción de sus padres, como familia bicultural.

Voz: cálida, íntima.

Narrativa: cuento, con palabras sensoriales y diálogo.

Los monstruos no salen en las fotos

Esperó a distinguir en la oscuridad. Quitó las cobijas una a una y se deslizó hasta tocar el piso. De puntillas llegó y, a tientas, desconectó el teléfono. Ya adentro de la cama, lo encendió. Esperó y esperó. Pero el sueño acabó por vencerlo.

Vio a Chachito. Con el teléfono en mano siguió a su amigo hasta el jardín. Allí afuera, el sueño lo hundió más en sus misterios.

Las siluetas danzaban en el aire, soplaban. Sabía que ese gigante estaba por asomarse entre las palmas. Apretando el teléfono miró las hojas en vuelo. Y, de pronto, adivinó el perfil. Vio cómo asomó la cabeza con su enorme ojo desde lo alto de las copas, y trazaba eses de un lado a otro. Luisito tembló como un condenado a muerte. Apenas pudo levantar el móvil y oprimir el obturador. El flash lo cegó. Gritó por su vida y escapó despavorido. El monstruo lo perseguía.

Aún oía el latigazo del viento contra las palmeras cuando distinguió pasos. Se enterró debajo de la almohada. La puerta se abrió: era el fin. Reconoció la voz de su mamá. Aventó las cobijas y alzó los brazos. Entre el sollozo le contó sobre el monstruo, su ojo de bola y la foto que le tomó. Pero el arrullo de los brazos lo fue durmiendo.

Conchis, su madre, cogió el móvil. Lo aventó sobre su cama. Luis despertó. Sentada, mirando el teléfono y pensando qué hacer, recordó “el mal de ojo”. De niña, su mamá dejaba debajo de su cama un huevo, para el “mal de ojo”. Se fue a la cocina, oró y colocó el huevo debajo de la cama de Luisito. 

Cuando regresó a su recámara, Luis le preguntó cómo era el monstruo. — Tiene un solo ojo, dijo Conchis. —Pero no hay que hablar de monstruos, van a decir que estamos locos, nos van a mandar al psicólogo y le van a querer dar medicina a mi hijo—. Se acostó y después de un buen rato sin poder dormir, alcanzó el teléfono, movió a su esposo y le dijo, dándole el móvil —tú fuiste niño.

Estaba tan dormido que apenas escuchó a su mamá insistirle que se levantara y se metiera a bañar. Cuando finalmente dejó la cama, buscó el teléfono: no lo encontró. Se acordó de la foto. Corrió al jardín y ahí, frente a él, lo vio tirado sobre el césped. Volteó a su alrededor. Hasta que estuvo seguro, lo recogió. Abrió las fotos. Ahí estaba la imagen brillante y verde. Así descubrió que los monstruos no salen en las fotos.

Elige el teléfono que va con su personalidad para este regreso a clases. 

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Viajes: escritura sensorial para blog.

Estilo de redacción sensorial:

Narradora: primera persona.

Personaje: mujer que vacaciona en Puerto Vallarta.

Punto de vista: viajera que comparte su experiencia.

Voz: íntima, suave, cautivadora.

Narrativa: lenta y fluida.

Donde las horas son mañanas, mediodías y atardeceres: Puerto Vallarta

La certeza de saber que habría otras catorce citas sucesivas iluminó el primer encuentro. Me serví un café, acomodé la silla y me senté en silencio. El silencio duró más de una hora, fue un momento importante.

El mar calló mis pensamientos. Sentí que dejé de cargar cosas viejas. La mirada recuperó su libertad y se fue tras las olas.

El tercer día, el temor de no verlo más desapareció. Esa mañana, la silla no necesitó acomodo ni el café tanta atención. Mi cuerpo se confió completo al asiento. La sonrisa la sentí en todo el rostro. La vida no me debía nada y yo no le debía nada a la vida.

La cuarta mañana las olas me engulleron con su canto, su aroma y su azul. Habité su espacio sagrado. Dejé de sentir las vacaciones y abandoné mi libro. Caminé las calles del pueblo y saboreé su dulce y su sal. Creo que el mar me prestó sus ojos esa cuarta mañana, porque los días que siguieron fueron sucesiones de imágenes frescas y aromas húmedos. Su vaivén adormeció mi voluntad. No había que ir a ningún lugar. Las horas fueron mañanas, mediodías y atardeceres. Dejé de vestirme para pasear y me vestí para vivir.

Fue cuando noté que yo no era la única embrujada, había otros seres encantados por el mar. La señora del aseo, cada mañana paró de limpiar el patio para comprar un pan dulce del panadero ambulante. Con un café y sin muchas palabras, entre sorbo y sorbo, los vi contemplar el mar religiosamente. Luego, me tocó ver a un hombre mayor caminar por el malecón todas las mañanas; de ida y vuelta, despacio, parándose a ver el mar. Por las noches vi las siluetas de otros visitantes del mar, se sentaban en la arena frente al brillo de la espuma; creo que tan absortos, como yo, ante el canto nocturno de las olas.

Sé que fueron siete días porque pasaron y porque tuve conciencia del día doce. Esa mañana las olas aún tenían su voz, pero ya no la escuché tan clara. Empecé a pensar, y el dolor de la separación me trajo una amarga sensación. Las horas regresaron, “aquí son las 10, allá son las 12”. Mi existencia en otro lugar apareció. Volví a acomodar la silla para ver el mar mejor, pero no encontré el lugar perfecto. Al ver al panadero y a su dama tomar su café sentí tristeza, la tristeza que sigue cuando la magia se va.

El día trece el mar me arrojó de su paraíso. Lo supe porque esa mañana lo admiré por su belleza, pero desde afuera. Ya no era parte de ese ir y venir que me dejó tocarlo, creo, con el alma. No obstante, como un amigo amoroso, se quedó a mi lado. Su presencia se quedó conmigo las últimas 24 horas. Escribo esto porque creo que me traje su aliento. Esta es la última fotografía que le tomé.

En [placeable] tus días se vestirán de azul y sal, de mar y alegría. Llámanos al [placeable] o haz tu reservación en línea hoy mismo. Comienza a disfrutar Puerto Vallarta ¡pronto!

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